Cuento: El sueño

7 02 2008

Éste el primer cuento en lo que espero que se convierta en una pequeña tradición en la página. Trataré de escribir un cuento de menos de 300 palabras cada dos semanas. Es un experimento. Aquí va el primero.

El sueño  

Las dos parejas apenas se hablaban durante la cena. La tensión era palpable y dirigida a Juan DuChamp, el senador.

No fue hasta que Ive, la esposa de Juan, trajo el café que el senador al fin rompió el silencio:

No tuve opción. Si me declaraba en contra de la resolución, hubiera perdido las elecciones. Ustedes lo saben…

La mesa permaneció en silencio por unos minutos. Elsa tomaba un sorbo de su taza, cuando Roy lanzó la suya a la pared.     

¿Por cuánto tiempo tenemos que vivir esta foquin mentira? —gritó Roy. No era una pregunta y los demás lo sabían.

El grupo permaneció silencioso mientras Roy recogía el lío.

 Luego, en cama, mientras el senador le acariciaba el cuello, Roy se disculpó por su ira.

Hubiéramos perdido todo esto —explico DuChamp señalando la habitación, con sus clósets de Venecia, la cama de caoba, el televisor de alta definición, las obras de arte en las paredes, las sábanas de seda, la casa de medio millón de dólares, el auto de lujo.

Tal vez —respondió Roy —perdimos mucho más.

El senador Juan DuChamp, como todas las noches, acostado con su único amor, se preguntó si la misma conversación se repetía en la habitación de Ive y Elsa. Soñó con aquellos tiempos cuando comenzaba su carrera política: iba a cambiar las percepciones del mundo entero. Pero, ahora, sólo era un sueño. 

2008 © Derechos reservados, José Borges





Cuento “Langosta blanca” en El Nuevo Día

27 01 2008

En la sección La Revista. Me dejan saber qué opinan.

Editado: 4 de febrero de 2008
Ahora, reproducido aquí.

Langosta blanca

José Borges

Había algo de Carlos que me incomodaba. Me ponía nervioso cómo aparentaba mirarme a los ojos, sin que lo hiciera realmente. Era como si pudiera atravesarme con la mirada, como si yo no existiera. Tampoco hablaba mucho. Ramón, que parecía un enano a su lado, se encargaba de eso. Por más que vinieran a nuestra islita, nunca vestían de manera apropiada. Llegaban repletos de prendas, vestidos con ropa fina y se pasaban quejándose de la arena o el fango (Ramón, al menos; Carlos sólo miraba el sucio como si así pudiera lograr que dejara de existir. Juraría que lo logró un par de veces).
Aunque nunca lo mencionaron, todos sabíamos que eran colombianos. Tenían el mismo acento que Sor Adelaida, que en paz descanse. Por lo general, habíamos muchos que estábamos contentos de ver a Ramón y a Carlos. Esta vez teníamos miedo.
—¿Qué carajo pasa? —preguntó Ramón—. ¡Nadie ha pescado ni una langostita blanca en un mes!
Pude haberle mentido, pero la mirada de Carlos… Temía lo que haría si se daba cuenta de que no le decía la verdad. Y no es que fuese un tipo inteligente: era más, podía oler una mentira.
—Se han recuperado algunas —dije, nervioso—. Lo que pasa es que nos las quitaron.
—¿Quiénes?
Nada más pude apuntar hacia el cuartel; las palabras no me salían.
—¿Policías? —preguntó Ramón. Supe que no necesitaba una respuesta mía—. ¿Y el cargamento aún está ahí?
—Quieren hablar con ustedes —respondí asintiendo con la cabeza.
—Siempre hay listos, ¿eh, Carlos?
Fue la primera vez que vi a Carlos sonreír. Nada me ha atemorizado tanto en mi vida; ni cuando me encontré con el tiburón un día de pesca.

Recuerdo cuando aún pescaba langostas de verdad en Tasbapauni. Lo que cayera en mi red, en realidad. Vendía lo que sobraba después de tener suficiente para alimentarme. Eran tiempos difíciles aquéllos. Eso de tener una casa de concreto es de ahora. Apenas me daba para construir una choza de madera y palmas.

Pero todo cambió con la langosta blanca. No era un crustáceo, sino fardos de lo que parecía ser harina, envueltos en bolsas plásticas. Aparecían cerca de la orilla de vez en cuando y no sabíamos qué hacer con ellas. La esposa de uno de los pescadores trató de hacer bizcochos con la sustancia y murió intoxicada. Poco después aparecieron Ramón y Carlos. Nos ofrecían cuatro mil dólares por cada fardo (ellos les llamaban “kilos”). De pronto, no me interesaba pescar nada más que langostas blancas, como los llamó Ted.

Ahora, algunos tenemos casas de concreto, televisores y enseres eléctricos. Hasta podemos viajar a Managua y quedarnos en los hoteles con todos los lujos. Ted compró materiales para renovar la iglesia e instalarle abanicos. Es el que más “langostas” ha encontrado; sólo hay que ver su mansión para darse cuenta. Es muy generoso también: a cada rato ayuda a los demás residentes de Tasbapauni. Todo el mundo sabe cómo ha adquirido su fortuna, pero nadie te diría. Nos tardamos en saber de dónde venían los fardos y por qué nos pagaban tanto por ellos.
Los compañeros de Ramón y Carlos trafican cocaína a los Estados Unidos y sus lanchas pasan cerca de nuestra islita. Algunas veces la guardia costanera los sorprende y los traficantes se ven forzados a deshacerse de la droga. Así no hay evidencia. A veces, la embarcación se destroza contra las rocas en el mar. Las corrientes marinas nos traen sus cargamentos. He escuchado que los gringos pagan mucho más de los cuatro mil que nos dan a nosotros por cada kilo. Hay algunos aquí a quienes les gusta la droga, pero no tienen dinero para pagarla. Mejor se la vendemos a los colombianos.
A veces, la Policía encuentra las langostas. Entonces, llaman a la jefatura y sólo Dios sabe adónde se la llevan. Pero la noche que me encontré con Ramón y Carlos los policías habían decidido que ellos también podrían lucrarse. Tasbapauni es una aldea pequeña y todo se sabe, aunque no se comente. Los cuatro guardias vestidos de azul nos confiscaron todo lo que habíamos encontrado en el mes. Si alguien preguntaba por los fardos, nos dijeron, los dirigiríamos al cuartel.
Lo que más recuerdo de aquella noche es la sonrisa de Carlos antes de partir. Se fue con Ramón hacia donde les había indicado. Nadie sabe qué pasó después. Sólo sabemos que el cuartel amaneció bañado en sangre y la aldea se quedó sin policías por dos meses. Si vas al cuartel, verás sus fotos en la pared, en conmemoración a su servicio por el Departamento de Justicia de Nicaragua. Nunca volvimos a ver a los dos colombianos, pero una semana después de la masacre vinieron dos más y nos pagaron por lo que habíamos recobrado. Nadie se atrevió a hacer preguntas. Años después, Ted me comentó que los guardias querían vender los fardos al doble de lo que nos pagaban a nosotros. No sé si sea cierto: Ted estaba borracho y es dado a decir cualquier cosa cuando está así.
Siento pena por los policías. Para ser guardias, no eran mala gente. Ahora, veo el partido de fútbol con mis vecinos. Luego, me sentaré en mi terraza a ver el atardecer. En esos instantes siento remordimientos, como si debiera hacer algo con lo que sé. Pero, cuando pienso en la sonrisa de Carlos, dejo esas ideas peligrosas.

Fin
©2008 derechos reservados

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Cuento publicado en Letras Nuevas

1 09 2007

Tengo entendido que mañana el lunes saldrá a la venta la nueva revista literaria “Letras Nuevas”. Tiene un cuento mío, “Día a día”, entre otras cosas. Vale $3.50 y se podrá encontrar en cualquier lugar que venda revistas en Puerto Rico. Vayan y cómprenla.

Dicho esto, entiendan que no soy el que publica, distribuye o vende la revista. Cualquier pregunta de esa índole, deberá ser dirigida a www.letrasnuevas.com.

Espero que la disfruten.

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Cultura Viva

10 08 2007

Ya está en Youtube. !!

No esperaba que subiera tan rápido. Es interesante la diferencia entre lo que pasa en TV y lo que pasa durante la grabación. Parece que leí el cuento e inmediatamente, Cordelia me invitaba para entrevistarme. Pero habíamos grabado el cuento media hora antes.

Fue una buena experiencia; espero repetirla alguna vez (sin alzar la ceja tanto). Aquí está la entrevista para los que deseen verla. Gracias a ciudadseva por subirla.

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El cuarto jinete (audio)

5 08 2007

Lo pueden podían escuchar en la caja negra que está a la derecha.

Ahora lo pueden ver en la entrada de Cultura Viva.

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Segundo campeonato mundial de cuento corto

1 08 2007

Pues, gané con “El cuarto jinete”.

Saldrá una nota en el periódico pasado mañana y publicarán el cuento en unas semanas. Si averiguo cómo, pondré el audio aquí.

La mención honorífica se la llevó Samuel Medina de www.cataliticos.com (deben visitar esta revista; acabo de descubrirla) con “Una oración” (creo que así se titula… si alguien sabe, que me corrija).

Buena noche.

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Colaboración en Comentario

25 06 2007

Pueden leerla aquí.





Cuento: Fe mortal

26 05 2007

Una idea me dio la idea para éste. Arte imita vida. Ayer y hoy leí lo de la Virgen del Pozo. Conclusión: la vida se repite mucho. Es un cuento histórico, supongo. Espero que les guste.

Fe mortal

José Borges

Abuela le había prohibido que molestara a su mamá; aún recuperaba, y necesitaba descanso. Al principio, le había dicho que sanaría pronto: “Una semana; tal vez, dos”. Luego, insistió que Nuestra Señora de Lourdes permitiría que la viera para Navidad, pero Papá Noel vino y se fue, y aún no había podido verla. La extrañaba mucho.

Cuando comenzaron las clases en enero, la maestra le preguntó que cómo había pasado el receso navideño. No supo qué contestarle y se limitó a mirar al piso. No quería estar allí, ya que prefería ir al manantial y rezar por la recuperación de su madre. Se había vuelto una costumbre diaria antes de regresar a su casa por la tarde. Una vez a la semana, iba con su abuela.

Hoy había sido extraño. Cuando salió por la mañana, el vecino le había preguntado si el gato se había muerto. Con timidez, le había respondido que no; le había dado de comer a Sir Cheshire antes de salir. ¿Por qué preguntaba eso?

—Apesta por aquí, mademoiselle, y es cerca de su casa. Pensé que sería algún animal muerto. Debes decírselo a tu madre. Por cierto, no la he visto en mucho tiempo, ¿cómo está?

Fue demasiado para la niña. Corrió hacia la escuela, sin contestarle al vecino; una reacción involuntaria. El resto del día le fue peor aún. La maestra insistía en hablar con su madre, y si no, con su abuela. Se lo diría cuando fueran a la gruta, pero sabía que la Abuela no iría: cinco años en Lourdes y aún no sabía francés.

La maestra se sorprendió al ver a la niña llorar. Sería necesario hablar con ella después de clase; algo andaba mal.

***

El médico le había diagnosticado tuberculosis a Bernadette y le recomendó descanso, ya que no había ningún medicamento para la condición. La madre superior ordenó que le trajeran agua del Manantial; la Virgen de Lourdes se encargaría de sanarla. Especialmente a ella, que había sido a la que la Virgen se le apareció y le dijo dónde localizar el manantial. La monja decía que aún era demasiado joven para Dios llevársela. Era una prueba de su fe, un acto para demostrarle al mundo que Él aún hacía milagros; aunque habían pasado veinte años, y nadie se había curado aún.

Sabía que jamás llegaría a ver el siglo veinte: no terminaría el año, mucho menos veintiuno más. Cada día, su salud empeoraba. Ese 15 de abril, cuando comenzó a toser sangre, pidió confesarse ante el cura.

***

Abuela tenía fe en que el agua milagrosa del manantial sanaría a su hija. Por eso se habían mudado a Lourdes. Rezaba todos los días, a todas horas: a la Virgen, a Dios, a Jesús, al Espíritu Santo, al que fuese. Pero, en vez de mejorar, había empeorado. Hacía cuatro meses que no salía de la habitación. Era por falta de fe: tenía que creer.

No era común que alguien tocara a la puerta. Nadie las visitaba. Fue más raro encontrar a dos gendarmes y un paramédico en la entrada.

—Necesitamos hablar con su hija, madame —dijo uno de los policías.

—Está enferma.

Madame, con su permiso…

La apartaron de la entrada con gentileza y comenzaron su búsqueda. En parte, la abuela sentía cierto alivio.

***

El cura se sentó al lado de la cama de Bernadette y le mostró una cruz de plata. Sostenía una carta del Vaticano en la mano izquierda.

—Recibe una bendición del Papa —dijo el cura y leyó la carta.

Bernadette escuchó en silencio y esperó a que el cura estuviese listo para oír su confesión.

—He pecado, Padre.

—Todos somos pecadores, hija mía.

—Padre, nunca la vi. Todo fue un invento. Je suis mauvaise.

El cura se cubrió la boca con la mano derecha e inhaló. Luego, la ungió con los óleos y dijo:

—Dios te perdona, hija mía. Dios te perdona.

Fueron las últimas palabras que Bernadette escuchó ese 16 de abril de 1879.

Cuando salió el cura de la habitación, les dijo a las monjas:

—Me ha dicho que la Virgen la vino a buscar. Ya descansa a su lado.

***

—Lleva muerta varios meses —informó el patólogo—. Tenía un tumor en la cabeza.

Era cómo sospechaba el fiscal. La vieja inglesa había esperado por un milagro todo ese tiempo, como muchos de los que visitaban Lourdes.

—¿Podemos descartar un crimen, entonces? —preguntó el fiscal.

Oui, oui. No cabe duda. ¿Qué piensa hacer con la señora?

—Nada. No hay leyes en contra del síndrome de Lourdes.

—Sólo las de la razón —contestó el patólogo.

FIN.

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Cuento que leí en el primer campeonato de minicuento oral

12 05 2007

Fue anoche en Sagrado Corazón. No gané, pero creo que le gustó al público. Me conformo con eso. También, creo que me pude haber descualificado al alterar lo que había escrito cuando leí el cuento. Para mí, no había otra opción: el cuento funciona mejor como está aquí. Que lo disfruten.

Segunda opinión

José Borges

Cuando me dijeron que pronto iba a morir, pensé que había sido la peor noticia de mi vida. Curiosamente, no la fue.

“Cáncer del intestino”, me dijeron. Es una noticia devastadora; no sabes qué hacer, ni a quién llamar. No sabes si llorar o enfurecerte. Mi reacción fue inesperada: no hice nada. Fue más como cuando pierde tu equipo favorito de fútbol o un boxeador preferido. Registré que algo malo había pasado, pero no a mí. Más tarde, en mi casa, afronté la realidad. En dos meses, estaría muerto. No pude dormir esa noche.

Desperté esa mañana con ganas de vivir hasta lo último. Me di el gustazo de renunciar a mi empleo y decirle al jefe lo hijo de puta e incompetente que era.

Utilicé el tiempo para visitar cuánta ciudad quise. Hice lo que me dio la soberana gana. Experimenté con drogas, me emborraché a diario, alquilé prostitutas; ¡qué no hice!

Eso sí: se me agotó el dinero un poco antes de cumplir los dos meses. Me habían dicho que los últimos días serían dolorosos, así que, con la poca plata restante hice arreglos para ingresar al hospital y estar cerca de la morfina para apaciguarme.

Fue entonces que recibí lo que sí fue la peor noticia de mi vida: no iba a morir de cáncer. Habían confundido una lesión con un tumor. No tengo un centavo a mi nombre, ni empleo: sólo deudas. Me han dicho que voy a vivir, y preferiría que me dieran una segunda opinión.

Fin





¡Y me publicaron un cuento!

8 04 2007

Leía el periódico y me fijé en unas líneas que me resultaron familiares. De momento, pensé, “yo tenía una idea parecida… es más, se parece a algo que escribí”. Miré a ver quién era el autor y brinqué en mi asiento cuando vi que era yo. Menuda sorpresa.

Pueden leerlo aquí. Los lectores regulares lo han leído ya, pero si compran el periódico, podrán ver la ilustración por Ricardo Ávalo. El pobre tuvo que leerlo antes de ilustrarlo.

Buen día, hoy.

EDITADO 10/5/2007: La versión del periódico está en los archivos del diario. Si no están suscritos, pueden leerlo aquí.