Cultura Viva

10 08 2007

Ya está en Youtube. !!

No esperaba que subiera tan rápido. Es interesante la diferencia entre lo que pasa en TV y lo que pasa durante la grabación. Parece que leí el cuento e inmediatamente, Cordelia me invitaba para entrevistarme. Pero habíamos grabado el cuento media hora antes.

Fue una buena experiencia; espero repetirla alguna vez (sin alzar la ceja tanto). Aquí está la entrevista para los que deseen verla. Gracias a ciudadseva por subirla.

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Quise subir esto anoche

4 08 2007

…pero estoy sin Internet en mi casa. La noticia está aquí. Trataré de subir la grabación del cuento luego (no fue durante el evento, sino un ensayo).

Gracias a todos los que me han felicitado. Me van a entrevistar en Cultura Viva (Canal 6) el jueves, pero no sé cuando saldrá al aire.

Y sí, mami, guardé el periódico para enviártelo.

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La bloguemia y el cuento: Odio genuino

10 12 2006

Lectura bloguemiaDespués de todo, la Bloguemia se dio. Fue una actividad muy bonita en Punto Fijo que espero que se convierta en algo que suceda mas a menudo. Le doy las gracias a la gente de Deus Juglando por la oportunidad y el efuerzo. Los dejo con unas fotos y el cuento que leí, junto a una pequeña explicación.


Odio genuino

José Borges

Espero su llegada y me pregunto si decidió no venir. Me imagino que en prisión no hay mucho más que hacer, excepto ver pasar el tiempo: esperar a que llegue la comida, la hora del ejercicio, el día de visitas, el próximo día.
Odio ver a las madres llorar por sus hijos ladrones, las esposas discutir con sus maridos contrabandistas y los niños preguntar por qué papá no puede regresar a casa.
No debo usar la palabra odio; repulsión es lo que siento. Se necesita demasiada energía para odiar.
Cualquiera diría que los que están aquí son santos: San Maté al Comerciante, San Robé un Auto, San Violé a La Vecina. Puedes preguntarle a cualquier reo y te va a decir lo mismo: “Soy inocente”.
El único que te diría que mató a alguien sería Francisco Rivera. El hijo de puta no niega que le regaló dos balazos en la cabeza a Pablo, mi hermano. Ocurrió dos años atrás. Desde entonces, sólo sueño con estrangularlo hasta verle los ojos írsele en blanco y que no respire más. Algunas veces imagino apuñalarlo en el corazón o volarle la cabeza de un balazo.
No se supone que piense así, lo sé. He ido a psicólogos, curas y hasta he llamado a líneas de apoyo para eliminar esos pensamientos. No funcionan: no dejo de pensar en matar a Francisco Rivera.
Siempre me refiero a él por nombre y apellido. Cuando se trata de un amigo o un conocido, lo llamas por el nombre nada más, pero para mantener distancia dices su nombre entero: sin señor, o don, ni nada por el estilo.
Están pensando que estoy trastornado y, sí, tienen razón. Pero es que mi hermano sacrificó mucho para darles de comer a sus hijos y a su esposa. Si alguien faltaba o necesitaban que trabajara tiempo adicional, podían contar con él. Pablo era un fajón. Estaba libre ese día, pero un compañero se excusó porque estaba enfermo. A veces me dan ganas de hablar con ese guardia. De seguro, ni estaba enfermo; jamás sabré. De todas formas, la muerte de Pablo lo afectó. Me llama de vez en cuando para ofrecerme ayuda y saber cómo estoy. A lo mejor lo juzgo demasiado.
Esa misma tarde atraparon a Francisco Rivera. Recuerdo escuchar la noticia de su captura en el televisor del hospital. Fue la primera vez que vi el rostro del animal. No trató de taparse la cara de la cámara; parecía hasta orgulloso de lo que había hecho.
El juicio fue rápido: el jurado lo encontró culpable. Pero el proceso se complicó a la hora de la sentencia. Demandábamos la pena de muerte. Francisco Rivera no merecía vivir. Buscábamos justicia.
Aparecieron grupos y organizaciones en contra de lo único que tenía sentido: ejecutarlo. Curas, ministros, abogados radicales y estudiantes organizaron vigilias y protestas. La mayoría evitaba mirarnos: en alguna parte de sus conciencias sabían que merecía morir. Hubo algunos idiotas que nos imploraban que perdonáramos a esa bestia. Hay veces que me dan ganas de matar a alguno de sus seres queridos, a ver si me perdonarían.
Lo peor de todo era que lo hacían para adelantar intereses personales. No les importaba un carajo lo que le sucedió a Pablo, lo que sucedería con nuestra familia. Son unos cabrones hipócritas.
Sabrán que lograron su causa. Sentenciaron a Francisco Rivera a una cadena perpetua. Pago impuestos para sustentar su estadía en la cárcel.
Por alguna razón, sospeché que sucedería así. El día que pasaron la sentencia esperé su salida del tribunal con una pistola oculta en mi gabán. Nunca entré en el edificio.
Tenía todo planificado: esperaría a que saliera, me acercaría y le soplaría tres tiros en la cabeza. Lo haría de frente, para que lo último que viera fuese mi cara.
Cuando mi madre confirmó mi sospecha, acaricié la pistola. Todo iba como yo esperaba. Los reporteros y la multitud estaban enfocados en el matón. Nadie se dio cuenta de cómo me deslizaba entre ellos.
Llegué a mirarlo justo a los ojos. Cuando me vio, los abrió de verdad. Saqué la pistola y alzó los brazos para cubrirse la cara.
Aún no me explico cómo no disparé. Todo pasó muy rápido, pero, para nosotros dos, fue en cámara lenta. Para mi desgracia, no pude lograr justicia.
De pronto, unos guardias se me tiraron encima y caí al suelo. Uno me agarró la mano, mientras otro me quitó el arma. Traté de zafarme, pero no pude. Recuerdo que, con la vista nublada por mis lágrimas, grité para que me soltaran.
Pasé la noche en la cárcel. El día después, mi madre pagó la fianza y quedé en espera para una fecha en el tribunal. Quería que me encontraran culpable y me encerraran en la misma prisión donde estaba Francisco Rivera.
El fiscal decidió no radicar cargos. Hasta el día de hoy, me llaman reporteros para entrevistarme. Concedí una y me hicieron las preguntas más estúpidas… Hipócritas imbéciles, es lo que son. Nada más quieren rellenar espacio en el periódico o la televisión. No les importan las víctimas ni los parientes. Para ellos, somos una noticia más. No los soporto.
Quería olvidarme de todo, pero revivía cada segundo frente a él con el dedo en el gatillo. Hubiese sido tan fácil…
Después de un tiempo, me di cuenta que no tendría otra oportunidad. Así que, encontré otra forma de servirle justicia.
Todas las semanas, a la hora de visitas, me presento en la prisión y trato de hablar con Francisco Rivera. Los guardias me han dicho que ni la madre lo visita tan a menudo. A veces la veo allí. Siempre espero a que termine de hablar con él. Al principio, no quiso hablar conmigo, así que esperaba un rato, por si reconsideraba; luego me iba. De todas formas, yo siempre estaba allí, semana tras semana.
Después de algunos meses, su madre dejó de ir. Ese día, pensó que hablaría con ella, pero me encontró a mí. Preguntó qué hacía allí, que si estaba loco. Lo ignoré y comencé a hablarle de mi hermano. Los ratos que pasamos juntos, lo grande que estaban sus hijos, lo mucho que la nena preguntaba por su papá, lo difícil que se le había hecho a la esposa sobrevivir. Pronto llamó al guardia para que lo llevara a la celda.
Dije que odiar a alguien requiere mucha energía.
Hago lo mismo todas las semanas. A veces me escucha, otras veces no se atreve a salir. Es cómico: los guardias y hasta su abogado le dicen cuán compasivo soy. Creen que lo he perdonado y busco redimirlo de alguna manera.
Son idiotas. Lo hago porque sé que Francisco Rivera llega a su catre y no tiene más remedio que pensar en lo que hizo. Le he hecho comprender que voy a estar allí todas las semanas y voy a hacerle saber todo el sufrimiento que causó y sigue causando. Tarde o temprano, se dará cuenta de que no dejaré de venir.
Para eso, no me falta energía.
Fin

El cuento es inspirado por la polémica de la pena de muerte que surgió hace poco acá en la isla. Aclaro que no no estoy a favor de dicho castigo, pero quería trabajar con el punto de vista de los más afectados en estos casos: la familia de la(s) víctima(s). Espero que les haya gustado.





Lectura de cuento

9 12 2006

Mañana, Domingo, 10 de diciembre en Punto Fijo de Bellas Artes de Santurce a las 3:00 p.m.

Flyer





Lectura de cuento

12 11 2006

Voy a leer un cuento aquí:
Lo pondré aquí después del evento.





Entrevista de Deus?Juglando

6 11 2006

Me entrevistaron por correo electrónico aquí.

He sido acusado de “buena gente”.
Como el pan… o el teléfono.
Puta mierda… voy a tener que cometer dos o tres fechorías.

-JB





Lectura de cuentos en Área

20 10 2005

Anoche fue la lectura de cuentos en Área en la ciudad de Caguas, PR. Fue una experiencia muy agradable donde Yolanda Arroyo (substituyendo a Alma Rivera), Isamari Castrodad y yo leímos dos cuentos cada uno. Después de presentarnos a la audiencia, comencé a leer “El evangelio según Matías”(se puede leer en la página de Narrativa Puertorriqueña). Se decidió comenzar conmigo por un voto de 2-1 (Yolanda e Isamari votaron a que yo empezara…) y eso hice después de un leve ataque de nervios.

Después, Yolanda leyó “Rapiña” e Isamari leyó su cuento (cuyo nombre no recuerdo… que me perdone, pero soy malísimo con los títulos… apenas recuerdo los de mis cuentos). Cuando volvió a ser mi turno, me tocó decidir entre “Diablo caído” y “Susana” para leer. Leí el segundo, ya que está escrito en un estilo que se asemeja más a lo que estoy escribiendo últimamente. Lo podrán leer aquí, después que termine la crónica. Después, siguió Yolanda con “100 hormigas” (creo que ese era el título) e Isamari con “El relojero”.

Creo que todos fueron bien recibidos. Siguió una sesión de preguntas que estuvo muy interesante. Vi varios jóvenes, cual creo que es algo maravilloso. Es bueno ver gente mostrar interés en lo que uno produce y les doy las gracias a los que fueron y a los que me invitaron. Cuando consiga más información acerca del lugar (me consta que hacen exhibiciones de arte, muestran películas y varios otros proyectos interesantes), la compartiré aquí.

Confieso cierta atracción a hablar en público (por lo menos leer mis cuentos)… pero ese es otro tema.

También debo anunciar que todos los últimos viernes del mes, en Café Berlín en el Viejo San Juan, a las 7:00pm se leen cuentos. Este viernes 21 de octubre se leerán cuentos (sé que no es el último viernes del mes, pero el 28 confligía con Halloween, según la organizadora, Bárbara Forestier).

Bueno, los dejo con una fotos del evento (tomadas por Awilda Cáez) y el cuento (escrito por mí):

Susana

Todavía recuerdo su sonrisa, como le brillaban los ojos, el huequito que se le formaba en la mejilla izquierda. Extraño el calor que sentía cuando dormíamos y como se sentía abrazarla. No hay un día que no piense en ella.

A veces, la curiosidad me pica… quisiera saber dónde está, qué hace. Entonces, pienso en Susana y dejo de reflexionar acerca de esas cosas que fueron o pudieron ser. Todo por un recibo.

Pensé que lo había echado a la basura y, desesperado, en cuclillas, me dispuse a buscarlo. El papel me pareció tan importante entonces… quería intercambiar un anillo que le había comprado a Vanesa para nuestro aniversario. Como todo marido, olvidé el tamaño del dedo anular. No quería que ella notara mi falta de apreciación para los detalles.

Con sólo tres años de casados, ya se quejaba de mi falta de atención. El aniversario tenía que ser espectacular. Aquella tarde, la equivocación con el anillo parecía un desastre.

Tener las manos cubiertas de basura me daba asco. Los gusanos de la cena de la noche anterior me hacían cosquillas en los dedos. Estuve a punto de rendirme (todo sería tan diferente ahora, de haberlo hecho), pero controlé mi repulsión y seguí escarbando.

A pesar de estar en la superficie, no vi la cajita rectangular de cartón azul hasta buscar por más de cinco minutos. A veces pienso que mi propia mente me la trató de ocultar, presintiendo las consecuencias.

Es tan irónico… además de sorpresa, sentí alegría cuando al fin la vi. De momento, todo tenía sentido: los humores de Vanesa, sus malestares de estómago, sus antojos extraños.

Con las manos todavía cubiertas de basura, pesé la cajita. Había algo adentro. La abrí y encontré la prueba de embarazo usada, el resultado todavía legible; después de un año entero sin fruto, iba a ser papá. Recuerdo reemplazar con alegría aquel asco que me causaba manosear la basura.

Como niño culpable, traté de esconder la basura lo más que pude y subí al apartamento para lavarme las manos. No quería que Vanesa supiese que me había enterado de su preñez. Ella tenía derecho a decírmelo, como yo lo tuve al pedir su mano.

El asunto de la sortija se me olvidó hasta más tarde, cuando encontré el maldito recibo en los pantalones del día anterior. Me duché rápido, ansioso por su llegada. Bajé a la cocina y le preparé su plato favorito. Era algo que a mí nunca me apetecía, pero ese día no me importaba comer… ahora tampoco.

Esperé por su confesión durante toda la cena, en vano. Me pregunté por qué no me lo diría. A lo mejor quería estar segura antes del anuncio, o tal vez planificar alguna ocasión especial. De todas maneras dormí contento.

Durante la semana seguí en espera de la noticia, pero Vanesa mantuvo silencio. Yo, loco por compartir mi hallazgo, se lo conté a mi madre, con instrucciones de no decírselo a nadie. Obviamente, el día siguiente todos sus vecinos compartían mi alegría.

No sé por qué, pero yo estaba seguro que sería niña. En secreto le compré ropa, juguetes y hasta abrí una cuenta de ahorros para ella. Ya me impacientaba (habían pasado dos semanas) cuando Vanesa me informó que al día siguiente iba al médico y no iría a trabajar. Me pidió que hiciera la compra ya que estaba segura que no se sentiría muy bien después de la cita. Yo accedí a todo sin preguntas. Sabía que iba al médico para darme la noticia oficial y quería sacarme de la casa para darme una sorpresa.

Fui al mercado imaginándome qué tramaba mi esposa. Me sentí tan enamorado como cuando nos conocimos.

Esa tarde la encontré dormida en la cama, sin ánimos de levantarse. Pregunté qué le sucedía. Estaba cansada, respondió. Al principio, me sentí desilusionado. Después comencé a preocuparme. ¿Estaría incorrecta la prueba? ¿Algo andaría mal? Esa noche apenas dormí.

Esperé alguna noticia la mañana siguiente, pero nada. Partió al trabajo sin apenas un beso. El resto del día no pude concentrarme en nada de lo que traté de hacer. Al mediodía pedí irme del trabajo a descansar, me sentía mal. En mi casa, solo, esperándola, me fue peor. ¡Quería saber ya!

Llegó a la hora de siempre… la noté melancólica. Temí las peores noticias. Quería dejarla decirme a su tiempo… cenamos, nos bañamos y justo antes de acostarnos, no pude más.

-¿Cuándo piensas decirme lo del bebé?

La pregunta la sorprendió. Noté cómo buscaba alguna palabra para contestar.

-¿Está bien? ¿Va a padecer de alguna condición?

-¿Cómo te enteraste? –respondió con otra pregunta.

Le expliqué todo; cómo me sentía, quién sabía, hasta qué había comprado para la niña.

-¿De dónde sacas que iba a ser niña? –preguntó, el rostro pálido.

-¿Iba a ser?

Con esa pregunta contestó todo.

Sin palabras, me quité el anillo de matrimonio y lo coloqué en la mesa del comedor.

A veces alguien se compadece de mí y me deja montarme en su auto. Cuando preguntan hacia dónde voy, les digo que no importa. No le pido nada a nadie y cuando el hambre es insoportable, busco en la basura; como aquél día. No tengo idea de donde estoy. Sólo sé que su nombre era Susana.

Mayo, 2005

Guaynabo y Río Grande, PR